EL PRESENTE

Si solo tengo el presente, ¿por qué me dedico a matar el tiempo? Me dedico a esperar, pensando que si no me muevo mucho y espero pacientemente un día yo seré otra y mi vida será de otra manera. Y no es verdad, mi vida sólo será en cuánto y cómo yo me mueva. Necesito moverte, mi cuerpo oxidado y mi alma ahogada necesitan moverse, expresarse, mostrarse. Y sin embargo, siento que no puedo, no puedo. No puedo vivir el presente, no puedo fluir con la vida, expresarme, ser y sentir en cada acción. Estoy demasiado preocupada con la idea de mi misma que no me entero de nada. Me pierdo muchas cosas porque la atención siempre está puesta en el valor de mí misma y en los miedos, nunca en el amor y en la confianza, en la entrega. Pido y pido, y me quejo y me quejo. Pero, ¿yo que ofrezco? A veces todo y a veces nada, pero parece que no dependa de mí. Depende del río de la vida, que a veces me lleva por corrientes mansas que disfruto y otras por tramos revueltos llenos de rocas con las que no puedo más que chocarme, pues parece que no llevo un velero, más bien voy a la deriva. Es guay no responsabilizarse, pero tiene demasiados costes. Pero muchos que muchos costes. Lo noto a cada momento que intento olvidarme de mí y de mi malestar e intento distraerme, buscar algo que me haga sentirme bien y me ayude a huir un rato de mi interior, pues me hace sentir tan mal, imagino que será angustia, la misma de la que huyo, se viene conmigo en la huida.

Que poco me quiero, que mal me trato. Luego es normal que me sienta ofendida a la mínima de cambio, si yo soy muy irritable conmigo no me extrañaría que yo también lo fuera para los demás, proyección. Hay algo que me dice que los asusto, que los invado, que les agobio y les molesto, y por eso me aparto, convencida de mi diferencia y de mi inadecuación. Pero luego llega un día en el que me encuentro personas muy grandes que me devuelven todo mi valor dándome una imagen real de mi misma. ¿Cómo puedo estar tan equivocada? Porque puede que al final mi madre tenga razón: “Si todos van para un lado y tú vas para el otro, a lo mejor eres tú la que está equivocada”, todo tiene su parte verdadera y su parte falsa. Y si todos dicen que ya estoy bien como estoy no voy a ser yo la que lleve la contraria. Ya estoy cansada de eso, y sin embargo, me doy cuenta que no paro de hacerlo. La rebeldía como sello de identidad. Pero realmente hace falta llevarle la contraria a todo lo que piense diferente con el pretexto de ayudarlos. ¿De verdad les ayudo?, ¿Me he enterado de lo que les pasaba o solo he señalado aquello en lo que se equivocaban?, ¿Sirve eso de algo? Porque una cosa es entender de la cabeza y otra desde el cuerpo. Y eso no cambia con una charla. Aunque tal vez a mí sí que me cambian esas charlas. Me confrontan conmigo misma. Los demás son inevitables espejos de uno, me ayuda mucho verme desde fuera a través de las experiencias de los otros, pues pienso que somos más parecidos de lo que nos pensamos, y también me ayudan mucho mis “chapas” como yo digo, porque en el fondo también me la estoy dando a mí. Después es como que estoy más convencida de mis argumentos, más reafirmada, más validada. Pero insisto, ¿y el otro?, ¿qué pasa con el otro?, ¿lo veo?, ¿contacto? Creo que por eso luego me siento tan sola porque solo me relaciono conmigo misma, porque mientras no salgamos del nivel intelectual es como si cada uno hablara consigo mismo, no hay verdadero encuentro, no hay interacción, estamos hablando de otra cosa que paso en otro lugar con otras personas, cosas que en su momento de intensidad emocional no nos atrevimos a nombrar y ahora en la tranquilidad de la lejanía lo hacemos cómodamente. Como cómodamente huimos del encuentro de ahora, porque da vergüenza, porque parece violento, e intentamos seguir hablando de cualquier cosa que notar ese silencio temido que te hace notarte, que te hace notar la vida, que te hace notar la situación. Te hace notar ese momento que tanto esperaste para poder comunicarte, para poder compartirte, para poder mostrarte, está ahí presente, pero da tanto miedo que prefiero no hacerme cargo. Prefiero hacer ver que no me he dado cuenta, distraerme, hacer otra cosa, irme a casa… Y me siento estafada y estafadora, me siento vacía y tremendamente sola y desconectada de todo. Cada vez tengo más claro que es una percepción mental, pero es que es tan real. Y se convierte en realidad cuando yo no consigo cruzar la fantasía para encontrarme con la realidad, y me quedo ahí en la trinchera, sacando solo de vez en cuando el hocico para ver que pasa fuera, pero mejor no salgo entera a ver si me van a venir a atacar y no voy a poder defenderme. ¿Defenderme de qué? Mi niña tiene miedo, no se entera que ya no vivimos en su realidad y de que disponemos de más recursos. Y de nuevo es porque no me hago cargo de mí, de mi interior, de mi niña herida y abandonada. Entonces ella hace lo que quiere porque no hay ningún adulto que contenga su angustia y cuide amorosamente de su crecimiento emocional.

La verdad es que me siento triste, o será la niña. Tengo miedo. No sé cuánto tiempo más viviré así pero esto no me hace bien. Y si es tan fácil, y si está en mi mano, ¿por qué no puedo? Cada día tengo más claro que no entiendo nada, y a lo mejor ahí está la clave. En dejar de querer entenderlo todo. Las cosas son lo que son, nos gusten más o nos gusten menos. Pero aún las cosas que menos nos gustan son muy hermosas y dignas de ser recordadas, me duele olvidarme de mi vida por miedo al dolor. Y lo que me duele es olvidar que tuve, tengo y tendré una vida mientras dure este viaje, me entere yo o no. Aunque parezca bastante autosuficiente, soy bastante dependiente. Algún día espero llegar a ser autónoma, pero de mientras agradecería a almas caritativas de este mundo que me echaran una mano aunque siempre parezca que no la necesite. Porque es algo que necesito tanto que nunca permitiría que se viera, ¿o tal vez si?

 

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About Carmen Laura, Psicóloga Humanista

Psicóloga Sanitaria y Psicoterapeuta Humanista
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